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  • Foto del escritorAlex Toledo

El precio de la libertad

En esta semana aquí en Estados Unidos celebramos la libertad. Es el 4 de julio el día de la independencia, cuando después de una guerra, las 13 colonias declararon su independencia de la corona británica.



Para muchos es un día de alegría y celebración en el que beben, comen y encienden fuegos artificiales, mientras pasan tiempo descansando con su familia.


Sin embargo, esta libertad no es gratuita. Las garantías que da la Constitución a los ciudadanos costaron guerras, sangre y muerte.


A lo largo de la historia, demasiadas personas lucharon y dieron su vida para poder obtener esa libertad para todos y quienes las disfrutamos, no siempre somos conscientes del alto precio que otros pagaron por nosotros.


Hay muchos países donde la libertad no es un derecho, o al menos no es un derecho de todos por diferentes circunstancias políticas, económicas, étnicas o sociales, e incluso religiosas; las personas no tienen el derecho a expresarse, a reunirse, portar armas o simplemente a expresar su opinión, sin correr el riesgo de ser censurados, castigados, perseguidos o incluso asesinados.


Esto me lleva a reflexionar en la libertad que Dios nos da. Sí, para nosotros es gratuita, pero costó un alto precio.

En la cruz, Dios descargó toda su justa ira en el hombre que colgaba del madero, a pesar de que era su propio hijo. Y de ésta manera, castigando al inocente, abría el camino para que nosotros, los culpables, tuviéramos esperanza de recibir la salvación y el perdón y de ser libres de nuestro pecado y de la ataduras que Satanás había puesto sobre nuestras vidas.


Como dice la Palabra, en el pasado éramos hijos de desobediencia y aunque queríamos hacer lo bueno, no podíamos porque la naturaleza del pecado nos lo impedía. Simplemente no éramos libres de decidir.


Pero ahora, en Cristo, somos nuevas criaturas; las cosas viejas pasaron y he aquí todas son hechas nuevas, por lo tanto tenemos la libertad de decidir, obedecer a Dios y de apartarnos de lo que a Dios no le agrada.


Sin embargo, el apóstol Pablo nos invita a que no usemos esa libertad como excusa para pecar, sino que andemos firmes en la libertad que Dios nos ha dado ya que costó el mismo precio de la sangre y la vida del único hijo de Dios.


Por tanto, te invito a que reflexiones en este día y disfrutes de la libertad. Comparte con otros la razón de tu libertad para que ellos también puedan ser libres de las culpas de la condena, de los remordimientos y del pecado que mantiene sus vidas atadas.


Hoy tú puede ser un agente de libertad para otras personas, si les presentas a Jesús el autor de la verdadera libertad.



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